Yolanda Andrade

Pasión Mexicana, de Yolanda Andrade

Presentado por: Rebeca Monroy Nasr

La Pasión Mexicana de Yolanda Andrade es una composición y un homenaje a la ciudad de México, con sus actores y detractores, con sus personajes más insólitos y los más comunes. Es un recetario de encuentros y perdiciones, ahí vemos en el caldero un cultivo in vitro, una humareda de personalidades de carne y hueso. Los testimonios visuales erigidos a través de sus imágenes nos remiten a una realidad cruda y sin disimulos, si los detractores de la fotografía en el siglo XIX hubieran visto estas imágenes hubiesen sucumbido ante la embestida de una cruda realidad. Vida y muerte, desazón y furia, amor y odio, son binomios que atraen la mirada quisquillosa de la autora. Una mirada que ha congelado esos pedazos de realidad para brindarnos la oportunidad de vernos y sabernos como los extraños urbanos que somos: la chilanga banda (por citar al cantautor Jaime López), que tiene ese sesgo ominoso que genera temor, rechazo o una atracción fatal a la cultura urbana. Me parece que las distinciones son importantes, pues si bien compartimos un sabor cosmopolita con otras metrópolis, estas fotografías nos proporcionan la innegable huella en la plata sobre gelatina que tenemos algo muy propio. Aparecen así las representaciones de las diversas muertes capturadas por la lente de Yolanda, las cuales son un elemento bien nuestro permeado en ese gusto mexicano de festejar a la flaca, tal es el caso de la imagen que eligió para abrir la sección gráfica del libro, ésa que representa a todas luces a la muerte con sabor virreinal y que la rapidez y habilidad técnica de la fotógrafa logró capturar con una bandera mexicana en la esquina inferior derecha, señalando esa muerte chiquita que les llegó a los españoles peninsulares después de varios siglos de colonización. Lo mismo sucede con las otras versiones de las calaveras que va recopilando la fotógrafa en su ir y venir por la ciudad, y que más bien parecen emerger de aquellos grabados críticos de José Guadalupe Posada y que retomara también con gran afán el muralista Diego Rivera. A su vez, aparecen en glorioso blanco y negro las fotos de la muerte, ahora simbolizada por los custodios de la salud, sí, esos preservativos inflados como globos que parecen ser evocaciones de lo lúdico y de lo indispensable si se desea evitar el juego mortal de la ruleta rusa sexual. También está la calaca como una presencia ausente que se permea y aún percibe entre los edificios de Tlatelolco, esos que aún permanecen en pie después del terremoto de 1985 y que se visten de luto en sus aniversarios septembrinos.

Podríamos ver en la obra de Yolanda Andrade otro sesgo muy mexicano, si tradujéramos sus imágenes al famoso juego de la lotería, donde están presentes ¡El Valiente, El ángel, El catrín, La dama!, con ese sesgo crítico muy fuerte, en una franca evocación al humor negro, al sarcasmo; esas representaciones pletóricas de acentos rebeldes que muestran una visión aguda de la realidad, una forma de percibir aquello que promueve lo no convencional, lo subversivo en el más amplio sentido de la palabra, tal vez por eso podríamos hacer otra lista de la lotería rebelde andradiana con los nombres de: ¡El líder, El obrero, el campesino, El gay, La Virgen, La máscara, El tranza, El corrupto, El Chupacabras! y muchos otros que enriquecen esta especie de tipología social no convencional. Debo detenerme para subrayar que estas imágenes recuerdan a las de August Sander, aquellas que realizó en su periodo previo a la Guerra Mundial en donde el fotógrafo capturó aquellos personajes marginales, trabajadores de oficios y de campo que la lente de otras cámaras se habían negado fotografiar. Comenta Petr Tausk sobre Sander:

...su obra se convirtió en información precisa acerca de los hombres (de) su vida personal y (de) el mundo laboral...Con el fin de hacer honor a esta pretensión, Sander se concentró en sus fotografías en la representación tipificadora de los grupos profesionales representativos y de las capas sociales. (Lo cual) Sander subrayó por medio de su especial perspectiva fotográfica.

Del mismo modo, Yolanda Andrade ejerce su capacidad de tomar a esos incapturables, justo en esta época de arduas e incomprensibles transiciones, mezclas y eclecticismos galopantes. De ese modo acciona su obturador para retratar con fina agudeza a un devastador Batman frente a la Catedral Metropolitana --esa que no es de ciudad Gótica--, justo cuando le brindaba su más decidido batiapoyo al PRD. También es sorprendente su retrato de la Tetona Mendoza y la imagen de El Beso, escena por demás censurada por las buenas y las malas conciencias heterosexuales. Es por ello, por abordar los temas menos expuestos, los más censurados o lapidados por las "buenas costumbres" que su iconografía parece tener un sesgo íntimo también con la fotografía cándida o live de Henrich Salomon, abogado y fotógrafo mejor conocido por su apodo del Herr Doktor,(1) quien puso en práctica ese recurso meramente fotográfico de capturar lo efímero, lo vivaz (2), sin olvidar por supuesto al creador del concepto del "instante decisivo" Henri Cartier-Bresson como padre de la búsqueda incansable de la perfección visual en esa instantaneidad. Si bien éstos pueden ser sus antecedentes más primigenios, también sus representaciones tienen la fuerza y el sabor de esas imágenes latinoamericanas que en los últimos años se han dedicado a irrumpir en la vida íntima de estos pueblos, a mostrar sus sabores y desazones. Así, la fotoartista toma a sus personajes en plena faena o actividad subversiva, logra penetrar en esos ámbitos poco accesibles con la gran virtud de no intimidar ni irrumpir en la escena, y por el contrario sus personajes suelen posar con cierto aire de triunfo personal y alegría inédita ante la lente, como es el caso de las fotografías intituladas Las alas del deseo y Bellos de Día.

La autora de esta Pasión Mexicana es muy generosa y sus imágenes también, ya que es notable su vehemente deseo de compartir una gran cantidad de información visual, ya que sus imágenes trascienden y se encuentran en una vertiente que comparte diversas opciones. Y si bien es cierto, como dice el Dr. Boris Kossoy, que todas las fotografías son documentales, también partiría de perfilar a la autora por el uso social de sus imágenes con el fotoperiodismo, escuela en la que nació y que deja ver su huella profunda con un sabor a compromiso social, denuncia y el sincero deseo de promover y profundizar la libertad de información. Pero este deseo, además de cubrir un uso social de primera mano, gestó otra intención mayor que llevó a la fotógrafa a adentrarse en los rasgos claramente testimoniales con esa nítida intención de documentar y hacer patente diversos hechos sociales, políticos y culturales de estas últimas décadas de importantes cambios en suelo y en el cielo mexicano (¡ya hasta los santitos cambiaron!).

Este compromiso social de documentar y denunciar los hechos que asumieron un gran número de fotógrafos en los últimos lustros del siglo pasado, permitió reunir y tener este tipo de imágenes reveladoras, que son documentos inéditos en la historia nacional y de los cuales tendremos que echar mano los historiadores contemporáneos para comprender nuestro pasado inmediato. Estos documentos de lo evidente, de lo que persiste fuera de la escena común, alimenta esa historia cultural que el investigador francés Roger Chartier(3) ha impulsado y documentado como forma de estudio. También estas imágenes dan cauces importantes como fuentes de primera mano sobre la vida cotidiana y los acontecimientos que otros medios de información no dan cuenta cabal, por los prejuicios, por las limitaciones o la autocensura. Así que estamos presenciando la creación de documentos valiosos para la reconstrucción de nuestra diluida identidad.

Por otro lado, la artista de la lente ha trabajado con gran afán su calidad estética y su propuesta plástica, no se convenció como muchos otros fotógrafos de que contenido mata forma, y ella se dedica afanosamente a la creación de un discurso plástico. Esta fuerza estética la coloca dentro del género de la fotografía de autor -que en realidad todas lo son, incluso las anónimas, ya que el aparato nunca se disparó sin la intención de algún fotógrafo detrás de la cámara--, donde la artista presenta elementos técnico formales muy reveladores de un estilo particular de capturar esa realidad. Por ejemplo, su preferencia por usar el lente gran angular que le permite agudizar su punto de vista, distorsionar la perspectiva, engrandecer los primeros planos, dejar en planos oblicuos los segundos, el gusto por los asimétrico, el alto contraste con los fondos con una rica gama de medios tonos en la figura, son algunos de sus recursos técnicos y formales que erigen su claro discurso iconográfico y propositivo. Subraya con ellos esa faceta de un estrecho vínculo entre el contenido y el continente, pues sus encuadres salen de la norma y ese traspiés visual -el conocido punctum de Roland Barthes-- se vuelve un elemento central de la imagen convirtiéndose en un icono crítico y agudo(4). Continuadora de la escuela de picadas y contrapicadas, que surgió con la época de oro de las revistas ilustradas (en los años 30 y 40), que cobró fuerza con los ensayos gráficos del fotosociólogo y antropólogo visual Nacho López, y que se extendió con las posturas del nuevo fotoperiodismo mexicano en los años 70. De esta manera la obra de Andrade se presenta con un sesgo innovador y posmoderno, toda vez que reúne elementos antiguos y coetáneos de presentación. Pues si bien sus encuadres y formas compositivas son innovadoras, también tienen un sabor de herencia prehispánica por aquello del "terror al espacio vacío", que manejaban nuestros antepasados en su composición. Así, estas imágenes son unos verdaderos cocuyos gráficos, en donde su habilidad visual y capacidad técnica le permiten jerarquizar sus figuras en primeros, segundos y terceros planos complementando su información. Es tal su preocupación profesional que documenta con una referencia visual externa, connotativa y nunca narrativa. Vemos por ejemplo la imagen de El almuerzo, donde una mujer ha hecho un alto en su día para comerse un tradicional taco placero, sentada y rodeada por un stand de estampas de la Virgen de Guadalupe, donde además aparece un letrero que solicita personal femenino, --al cual suponemos no ha respondido nadie a pesar de las plegarias evidentes--; así el contraste entre la mujer idealizada y la real, la de carne y hueso que tiene que ganarse el pan da cada día con el oficio que pueda ejecutar, con su refresco, su bolsa barata, sus mallas y su vestido desgastado, ellos sí dan cuenta fiel de su origen de clase: "el hambre es canija y más el que la aguante", al lado de ella, la idílica madre de todos los mexicanos guadalupanos, realidad e ilusión se dieron citan en el lugar. También es notable que la vendedora del puesto no entró en el encuadre, pero tampoco hace falta, pues en este caso su ausencia es presencia y podemos percibirla sin verla. Todos los elementos juegan un papel importante, no distraen la escena y complementan la información en el juego discursivo de la autora.

Por su parte, la imagen de Los guardianes nos permite apreciar el juego visual creado con una gran variedad de planos. Aparece en primer plano la figura de la mujer encuadrada en la parte inferior de la imagen, detrás de ella, un fortachón que porta una playera de Coca-Cola transporta una larga caja que la autora aprovechó para enmarcar más a la joven, al fondo un policía de seguridad pública mira también hacia la cámara; primer, segundo y tercer plano capturados en cuestión de unos centésimos de segundos, creando un juego visual triangulado a través de los cuerpos y la mirada. Los elementos circundantes acentúan la escena, y al fondo en el último plano el elemento contextualizador, el Palacio de Bellas Artes como testigo silente de la escena.

Estas elecciones formales, los encuadres oblicuos, las distorsiones, la entrada o salida de elementos que rodean la escena, son elecciones gráficas que hace la autora con una clara definición y conciencia de su trabajo. Por ello, también utiliza dentro de su composición a las banderas, los marcos, las mantas, como referencias compositivas que permiten la entrada, la secuencia y la salida de la imagen, todo juega un papel estructural para conformar la imagen con su complejo discurso. La fotógrafa atrapa con su cámara ese mundo que a su alrededor se erige, de manera puntual asume esa realidad, pero también relata con un detallado virtuosismo de un pasado presente que está aquí y ahora es un cronotopo en su más auténtica sepa, que ha conjuntado una diversidad de géneros y estilos creando el propio, que se observa en la manera de acomodar los opuestos, de dinamizar las contradicciones, de evitar lo obvio y evidente, de atraer la diversidad hasta combinarla y convertirla en su propio elemento, fuerte y decidido, porque también eso somos lo mexicanos: ¡pura pasión!

Por todo lo anterior, es que considero a la autora una cronista visual de los acontecimientos no oficiales, de lo no convencional, del inframundo de la historia que muchos desean negar pero que está presente entre nosotros. Esas manifestaciones que son importantes de documentar, pues otras fuentes de información no lo hacen, lo ocultan pensando que al negarlo lo exterminan, sin embargo ahí están, conviven y se manifiestan, y el día menos pensado emergen causando gran asombro y sorpresa ante la enceguecida y tímida mirada ajena.

En síntesis, este libro es un rico manjar de emociones visuales donde el equipo de trabajo de Casa de las Imágenes en coedición con Conaculta, dan forma al diseño editorial de David Maawad, con una edición fotográfica de la misma autora, antecedida por un texto muy revelador de nuestra urbana identidad escrito por K. Mitchell Snow, con la consabida y garante calidad de impresión de los Talleres Turmex, todo lo cual permite que esta esmerada publicación salde una gran deuda con nuestra ruta de identidad, donde este subversivo y trascendente imaginario de Yolanda Andrade será una referencia obligada para neófitos y estudiosos de la fotografía transecular.

(1) Vid. Petr Tausk, Historia de la fotografía en el siglo XX. Del periodismo gráfico a la fotografía artística. G. Gili, 1978, p. 49.

(2) Ibid. pp. 78-80.

(3) Roger Chartier, Cultural History. Between Practises and Representations, Ithaca, New York, Cornell University Press, 1988, 209 pp

(4) Episodio que puede ser ejemplificado con la época de oro del fotoperiodismo mexicano en la revistas ilustradas iniciado por Enrique Díaz, con un fuerte impulso creativo de los Hermanos Mayo que derivó en el gran sociólogo visual que fue Nacho López. Vid. R. Monroy. Historia para ver: Enrique Díaz fotorreportero, México, IIE-UNAM, INAH, en prensa. J. Mraz, La mirada inquieta, México, Centro de la Imagen CNCA, 1999, 147 pp.

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