Mirada con vaivén de hamaca

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El Puerto de Veracruz, como toda ciudad de prosapia, tuvo su fotógrafo. Este fue Joaquín Santamaría, un artista local que supo escuchar el corazón de su ciudad. La visión que nos otorga a través de sus imágenes es tan exhaustiva y profunda, a la vez que entrañable, que podríamos hablar de un Veracruz de Santamaría, de un Puerto con poco más de medio siglo (1920-1975) durante el cual nuestro fotógrafo fue su cronista de excepción. Este Veracruz es ahora irrecuperable, salvo por los recuerdos de sus protagonistas, quienes continúan habitándolo en su memoria, o por una sensibilidad tan poderosa como la de Santamaría, quien nos regala un viaje evocativo de mediados del siglo XX.

Bernardo García Díaz

Este detallado trabajo de reconstrucción de la cultura porteña bajo la mirada de Joaquín Santamaría, se vuelve consecuencia y razón de sus propias imágenes. En forma de reportaje histórico en donde texto y fotos se complementan en un cuadro social, en una unión entre testimonio memorioso y un sistema de representación gráfica que con ello hilvana una microhistoria singular. Y aquí el registro de Santamaría asume su diversidad, sus puntos de vista, sus obsesiones, desde la cálida mirada doliente (las melancólicas mujeres “Detenidas en el penal de Allende”, el descalzo “Bolero” que mira al fotógrafo o la dignísima gura del artesano preso en el “Penal de Allende”); desde el documento periodístico (la llegada de los refugiados españoles en el Sinaia, las manifestaciones jarochas del Partido Comunista Mexicano); desde los espacios urbanos vueltos obligación de vida (el Café de la Parroquia, el malecón, la avenida Independencia, el Siboney), hasta lo fársico (el omnipresente carnaval).

La fotografía de Santamaría se vuelve así imágenes-síntoma / imágenes-conjetura, que permiten la constante relectura. Un ejercicio transitorio (la persistente mirada circular del entorno) y de transición (del registro positivista que le llega de los esquemas del porfiriato a la vocación libre, movible del fotoperiodismo humanista de los cincuenta), con el que a la larga se ha erigido como un nuevo clásico redescubierto para la fotografía mexicana.

José Antonio Rodríguez

Joaquín Santamaría, panadero en el Puerto y en Coatepec de niño, nacido en la Antigua Veracruz en 1890, fue más tarde confeccionador de ampliaciones fotográficas y ayudante de fotografía en sus mocedades; más tarde fotógrafo oficial del decano de los periódicos, El Dictamen, y oficial dibujante en la milicia permanente de la marina. Santamaría ha conocido en el desempeño de sus diferentes oficios todos los rincones del Puerto. Además su sentido innato para las alegrías sencillas e inmediatas siempre le da el norte indicado. Cabría hablar aquí de una capacidad: la de admitir naturalmente en su proximidad una serie de hechos fortuitos que obran a cada instante en favor de quien, gustoso de su arrimo, los cobija.

Las temáticas que aborda Santamaría en su obra, dan cuenta de asuntos agropecuarios, de política, deportes, festividades familiares, arquitectura y urbanismo, actividades empresariales, paisajes, de la sucesión de acontecimientos rituales que determinan los festejos de la vida porteña, como son el Carnaval, la Semana Santa, el 16 de septiembre y Navidad, catástrofes y accidentes, eventos militares y de la marina, mítines y manifestaciones obreras y partidistas, las tareas en los muelles y el arduo trabajo de los calafateros en los astilleros del Puerto.

Cada vez que un navío arriba a Veracruz, Joaquín Santamaría, práctico o capitán de puerto, les da desde ahora el recibimiento y un presente: las llaves de la ciudad. Porque Veracruz es, ante todo, un conjunto de cerraduras y recovecos. Y corresponde a cada visitante, aceptar el desafío de irlas probando al volver las páginas de este álbum de la memoria, que evoca y refunda imaginariamente el Puerto de Veracruz al promediar el siglo XX.

José Luis Rivas

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